El reflejo de la Barra I

El comienzo de la noche…

Delicados… Son los únicos cigarros que venden en este agujero que llaman bar. NO entiendo por qué sigue abierto. Bebidas baratas, cigarros de pésima calidad, clientela al borde de un ataque cardiaco por ingesta de nachos con queso de mala facha, cantante bohemio con pésimo humor y las mujeres con fecha de expiración ya caduca aun tratando de venderse en el mercado como objeto de lujo.

Mis manos aun tiemblan un poco. Nunca fui de  los tipos que se pelearan mucho, mucho menos de los que de hecho ganaran una pelea  y mucho menos que la ganaran contra tres tipos. Supongo que le llaman adrenalina. Por supuesto no me fui sin recibir varios golpes. Mi ojo izquierdo apenas se abre, mi mano derecha tiene los nudillos ensangrentados y mi labio superior aún guarda sangre coagulada que solía residir en mi fosa nasal.

Curiosamente nadie me voltea a ver. Como si esto fuera una estampa común en estos lugares. Como si nada, ni siquiera mi camisa amarilla  manchada de salpicones de sangre, fuera a distraer a la concurrencia de los pésimos chistes del cantante bohemio. No cabe duda que a veces estamos justo donde debemos estar.

Justo cuando decidía que tomar tequila con el labio partido en sangre viva era una mala idea, llegaron ellos. Él, no muy alto pero con robusta complexión, como de alguien que hace mucho ejercicio a manera de compensación por carencias en otras cavidades. Vestido con pantalones de mezclilla y camisa tipo T pegada a sus músculos pectorales, no producía mucha reacción entre la concurrencia del bar.

Y ella… ella… Aún hoy en día sueño con ella. Pelo rojizo con leves tonos de castaño, piel blanca, muy blanca como si ella misma fuera la nieve de la mañana. Labios perfectos, delgados, finos, afilados. Curvas peligrosas entalladas en una falda negra que enmarcaba su cintura como segunda piel. Se notaba de inmediato la forma de reloj de arena asomándose en una blusa roja y algo holgada que delineaba su pecho sin llegarlo a aprisionar. Pero lo mejor de todo era eso, esa hipnótica y bendita mirada.

Ojos verdes como agua clara, ojos verdes como el mar caribe, ojos verdes como la selva encantada. Se notaban clientes regulares, los meseros los veían con agrado y esperanza, como todo mesero que sabe que viene una buena propina al final de la velada. Entre ellos noté una indiferencia y un desdén como solo se ve en parejas casadas, sin embargo, la falta de anillos de bodas me hacía pensar que tan solo eran amantes desde hacía ya un buen tiempo. Pero en esos ojos verdes se veía una pasión ya domada.