El reflejo de la barra III

Claro está, dos retos imposibles se hallaban entre ella, yo y unas sábanas sudadas. Mi cara parecía una pintura de Jackson Pollock y ella se encontraba con quien parecía ser el hombre de su vida. La apariencia física era un problema hasta cierto punto soluble, si es que al alcohol apoyaba mi causa, pero no tenía energías de volverme a pelear después de haber sido mangoneado por tres hombres de mucha mayor talla que yo. Y este se veía aún más complicado de derrotar, sin contar que la victoria de hoy fue en gran medida asistida por una gran casualidad.

Decidí observar a la pareja para ver si había alguna entrada a las piernas de la niña que con él brindaba. Me considero un fanático observador de la condición humana, y aunque tiene sus amplias desventajas, es un talento que abre puertas a patadas. Noté en primera instancia una distancia notable para cualquiera que deseara darle dos segundos de pensamiento. Esos ojos hermosos contemplaban al hombre en camisa T con admiración, respeto y devoción, mientras el individuo contemplaba la figura de la muchacha encargada de vender cigarrillos al menudeo. No obvio la calidad de la visión que era la jovencita con falda apretada, pero me parecía que el premio a su lado era mucho mayor recompensa visual.

Después de unos treinta minutos en los que otros 2 tequilas bajaron por mi garganta, la mujer de falda negra renunció a tratar de mostrarle afecto al chico T para ponerse a revisar su celular y escuchar las malas bromas del bohemio en el escenario. Sin duda, aquí hay una entrada.