El reflejo de la barra V

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Decidí hacer un movimiento estratégico. Pasadas ya las 11:30 comencé a ver que más amigos del chico T arribaban. En diferentes estados de embriaguez y en diferentes estados de ánimo, pronto la mesa se convirtió en una mesa de 11 personas. Todos parecían perteneces al lugar excepto ella. Se me ocurrió, como siempre en un movimiento suicida, una idea aún más suicida. Me levanté por última vez al baño y cuando pasaba por su mesa, me tropecé “Accidentalmente” con el tipo más grande de la mesa de manera que le tirara un trago de vodka a las piernas de Atia.

No hace falta decir la furia que mis acciones levantaron en una mesa de 7 hombres de gimnasio con un grado elevado de alcohol. Honestamente nunca he sido un hombre de guerra, simplemente hoy tuve la mejor de las peores suertes por ninguna razón en absoluto, por lo que tendría que tratar de exprimir un poco más mi suerte por la promesa de una posibilidad de echarme en la cama a esta preciosa mujer.

En mi más grandiosa interpretación de un borracho perdido, pedí todas las disculpas que se pueden pedir en ese estado sin poder pronunciar correctamente otra palabra más que las 6 dichas con semiperfecta dicción: “déjenme compensarles, les compro una botella”. Palabras que todo alcohólico quiere escuchar alguna vez. La falta de presupuesto más el hecho que la ofensa no fue tan severa para los jóvenes atléticos como para la dulce recompensa, no solo no me terminaron de dar una golpiza, sino que me invitaron a formar parte de su mesa, claro está, después de que la botella prometida llego a la mesa.

Claro está, las otras 3 féminas además de Atia que les acompañaban a esta bandada de alcohólicos sociales, no estaban muy contentas con la decisión de incluirme en su fiesta, pero tengo un particular grupo de habilidades que me abren las puertas del mundo. Yo… hablo. Y ese don de tener la lengua de plata, ha logrado que esta sea apenas la segunda golpiza de mi vida a pesar de ponerme en situaciones que siempre ameritan una golpiza.