Reflejo de la barra VI (irrestricto)

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Atia, sin embargo, tenía la mirada más extraña de todas, la mirada que solo he visto un par de veces en mi vida y que moría de miedo por recibir en ese momento. La mirada de “Sé perfectamente bien que estás haciendo”. Atia puso su mano junto a sus labios, mientras se acercó al chico T, quien por cierto, ya estaba severamente intoxicado y fuera de sí, le murmuró algo y se levantó de la mesa. El chico T lleno sus ojos de lágrimas y salió del bar a hacer una llamada mientras Atia se dirigió al baño.

Los efectos de los alcoholes y la alegría de no pagar una botella volvió a los invitados un tanto indiferentes a mi presencia y a los pocos segundos del escape de Atia, me fui tras de ella. Pensando que podría topármela de nuevo en el regreso del baño, espere unos segundos más hasta que la necesidad de mojarme la cara y pensar claro después de mi decimo tequila se apoderó de mí y entre al baño de los hombres.

Ya ahí noté que solo había un cubículo de baño y un mingitorio, lo que me pareció altamente inconveniente dado el tamaño de la concurrencia, pero me dedique a lo mío y abrí la llave del agua fría para ver si había algo que me pudiera calmar las ansias de esa mujer. El agua fría no fue la solución pero ésta se encontraba detrás del cubículo del baño. Escuché la madera de la puerta del cubículo rechinar, por lo que pensé que había algún desconocido viéndome mojar la cara desesperadamente. Cuando el agua de mis ojos se resbalo, la imagen detrás de mí me impactó tanto que tuve que cerrar de nuevo los ojos y volverlos a abrir para asegurarme que no era un sueño y que no estaba dormido en el banco del bar. Otra vez.

Era ella… ella… Atia… Aun sueño con ella. Lanzándome una mirada seductora y a la vez malvada hacia mí. Toda clase de pensamientos recorrieron mi mente a la velocidad de la luz, desde una trampa de Atia para terminar la golpiza que me propinaron antes esa noche, hasta la visión de Atia sosteniendo una prueba de embarazo unos meses más tarde. Todos mis escenarios fueron fatalistas a extremos inauditos. Pero para ese momento ya había perdido mi capacidad total de control porque mi instinto y el aroma de ella en ese pútrido baño ya le habían ganado a la cordura.