La caída del tequila

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En una cálida noche cancunense, dentro del auto de una de mis amigas, con los estados etílicos rebosantes, me encontraba yo sentado contemplando la fugacidad de las estrellas por el cristal de la ventana cuando nuestro viaje terminó y el vehículo se detuvo frente a mi casa.

Dada la cantidad de tequila ingresada en mi cuerpo, mi estabilidad motriz estaba muy comprometida. La alegría que me inundaba en ese frenesí alcohólico se negaba a dejar a mi amiga retirarse a sus aposentos a descansar, por lo que, dentro de dicho frenesí, decidí que la forma más lógica y congruente que tenía para comunicarle mi deseo de que terminamos la noche con más bebida fue montandome en el cofre de su automotor. Ya acomodado ahí, para hacer una declaración más fuerte de mis intenciones de seguir la fiesta comencé a brincar y mover el automóvil a manera de provocar que saliera de su auto, cosa que no sucedió. Todo este baile sobre el cofre del designado automóvil fue realizado mientras sostenía con particular devoción, una botella de tequila con la mitad ya consumida (de ahí mi singular alegría).

Después de breves instantes en los que mi danza no surtió el efecto deseado y mi amiga sutilmente me comentó “ya bajate de mi carro, cabrón!!” con su dulce y melodioso estruendo que tiene por voz, decidí desistir de mis berrinches. Tratando de emular a algún conocido artista marcial, levanté mis dos piernas al aire y lancé el peso de las mismas cual manecillas andando hacia mi costado para que la inercia y la gravedad me arrastrara fuera del costado del cofre del auto y hacia el suelo en mis dos piernas. Poco sabía yo en ese momento que la saturación de alcohol había hecho de las suyas dañando el yunque y el martillo en mi oído alterando por algunas horas mi sentido de equilibrio.

Mi movimiento ninja tomó más momentum de lo que hubiera podido manejar en ese estado provocándome que no solo no cayera en mis dos pies, sino que la inercia me hizo dar 5 pasos laterales, uno cada vez más cerca del suelo que el otro. Mi corta carrera lateral entonces se vió interrumpida abruptamente por el suelo, pero debido a los 5 pasos que tomé tratando de recuperar equilibrio, mi carrera se extendió unos 40 centímetros donde mi cara se fue quedando en el pavimento mientras arrastraba mi cuerpo por la velocidad de la caída.

La parte más increíble del asunto es que tomé la botella de tequila entre mis brazos al sentir el desequilibrio y no la solté en todo el camino hacia el suelo. Una vez terminada la odisea, al voltear hacia abajo, la botella de tequila estaba intacta. El alivio fue inmediato, tanto por el hecho de que no se estrelló en mi pecho la susodicha probablemente matandome en el inter y por el hecho de que aún conservaba un poco del elixir de los dioses que me mantendría alcoholizado un par de horas más.

Una vez incorporado y levantado por mis amigos, cinco minutos de risa después claro está, fui al baño al recuento de los daños. Mi cara estaba con la carne viva por lo menos en el 30% del lado derecho de mi cara así como en mi brazo derecho y algunos puntos aquí y allá de mis costillas y hombro derecho. Mientra notaba como aún tenía rasgos de sangre y polvo me di cuenta como por tratar de salvar algo querido, uno termina lastimado, con el orgullo por los suelos y la piel también. Ese día aprendí dos cosas: La primera es que a veces hay que dejar ir las cosas para evitar lastimarnos y la segunda es que cicatrizo bastante bien cuando me he tomado media botella de tequila en una noche.