Chapultetrepo

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Como iba diciendo, soy Chilango y a una honra respetable. Hace unas semanas visité a la querida capital. Con sorprendentes cambios desde mi partida, me sentí muy contento de regresar a mis orígenes. Al clima templado, cielos grises, una mano agarrando mi cartera y la otra mi celular, a la prisa, a la malhumorada gente, a la cruda realidad y al asfixiante SMOG que envenena un poco mas día a día. Pero me puse el disfraz de turista y me dediqué a disfrutar de este viaje desde el primer día.

La primera escala es el castillo de Chapultepec del cual la historia es vastísima e interesantísima pero no la recuerdo en absoluto ya que, para poder subir, tuve que darme una vuelta por el zoológico, caminar en sentido contrario hacia el castillo y regresar y darle la vuelta al tremendo caracol que es la entrada al castillo de Chapultetrepo. Mis pies estaban tan hinchados que la sangre que brotaba de mis uñas no me dejaba apreciar los cuartos y los sitios importantes que esta construcción tenía.

De regreso decidí, junto a mi adorable acompañante, que debíamos tomar el tren de bajada del castillo para evitar trapear de sangre el camino de regreso. Una vez abajo, ya con un poco de insolación y delirios causados por la deshidratación, los ojos verdes mas maravillosos de esta vida se posaron en el lago de Chapultepec. Yo, aun cuando el cansancio me azotaba, decidí darle gusto a dichos ojos y nos dirigimos hacia las lanchas del lago.

Las instrucciones y material de apoyo se resumían a un contundente “No se vayan a caer que les cobramos 50 varos si mojan el chaleco salvavidas”. Después de unos minutos de profundo pánico al tratar de subirme a dicho bote, logré exitosamente depositar mi cuerpo tan fuerte que casi nos volteamos. A falta de una concienzuda lección sobre la navegación en altamar y los riesgos de caer en el agua mas verde-radioactivo que hayas visto en tu vida, determiné darle la conducción a mi hermosa primer maestre ya que mis habilidades con el remo de pierna y el timón, resulto en varias vueltas sobre nuestro propio eje a no mas de 3 metros de donde zarpamos.

Aunque ella lo niegue, la mujer que enciende mis días trato en mas de 22 ocasiones lanzarme por la borda al desprender deliberadamente mi asiento de la embarcación. Afortunadamente yo estaba tan tenso de la noción de mi cuerpo encontrado varias semanas después en una orilla del lago, que verdaderamente me quede petrificado en postura de banana tabasqueña que impedía que mi espalda se volviera recta. Después de unos minutos de imaginarme un naufragio de proporciones de “Life of Pi”, la fémina a mi lado renunció a sus deseos de asesinato por ahogamiento en laguna radioactiva y decidió darme gusto de regresar a tierra firme donde podría sobrevivir.

Todo esto fue un claro mensaje acerca de la vida y la muerte. De como doce años pueden cambiarlo todo. A pesar de unos pies desangrados, unas caminatas monumentales, un intento continuo de asesinato premeditado de mi acompañante, el DF es una verdadera maravilla que solo es superada por la fortuna de haber sido escoltado por la maravilla de mujer que me escoltó.

Mas acerca del DF en próximas emisiones.