La madrastra malvada


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Llegó la hora de dar a conocer la tercera figura de Walt Disney que ha venido haciendo niños felices convertirse en adultos frustrados desde 1938. En esta ocasión quisiera exponer a la más temida de las figuras que por desgracia es la que menos debemos temer:  La madrastra malvada. Estarán pensando probablemente “Pos yo ni tuve madrastra, ¿De qué habla este hombre?” Y es ahí uno de los mejores secretos guardados de Walt Disney y se los voy a revelar en dos partes. Aquí trataremos el cómo es que Disney nos pintó a la madrastra y un poco después descubriremos cómo no aferrarse a lo que yo llamo síndrome “Marga López”, que más adelante te diré de qué se trata. 

En los cuentos de hadas la madrastra malvada tiene muchas facetas. Pero el retrato más exacto es claramente el de la Cenicienta con la madrastra malvada. Dicha persona es el retrato de la envidia, abuso de poder, crueldad y obsesión por menospreciar a una persona con gracia y cualidades positivas. Walt Disney tomó esta leyenda egipcia y la transformó (no sin ayuda de los hermanos Grimm en Alemania y de Charles Perraut en Francia, quienes alteraron la historia para convertirla en un cuento de hadas folklórico) en el cuento que conocemos sobre una pobre doncella que hacía las tareas domésticas de su madrastra y sus hermanastras sufriendo abusos, humillaciones y una constante sensación de frustración por la vida que “le tocó”.

Y ahí es donde nos pasó a fregar el mendigo caricaturista. La madrastra malvada nos dio la muy mala imagen donde proyectar las causas de nuestras frustraciones adultas. Cosas como el compañero de trabajo que no nos cae bien porque le va mejor que a nosotros, las chavas de contabilidad que nos hacen la vida de cuadritos con sus solicitudes idiotas, el tipo musculoso del gym que acapara la atención de las chavas o incluso el maestro de la escuela que nos reprobó por llegar tarde 5 días seguidos a la clase; todos se vuelven nuestras madrastras malvadas a quienes les podemos achacar nuestros problemas del día a día. Por desgracia nos enseñó a desviar la luz de nuestros problemas principales, nos enseñó a que esta vida que uno tiene es la vida que le tocó y hay que aguantarse. Nos enseñó a echarle la culpa a factores externos de las inadecuaciones de nuestro ser. Y por lo tanto nos dio la herramienta, a mi parecer,  más inútil de las últimas tres generaciones: La queja.

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No es que las quejas las hayan inventado estas últimas tres generaciones, no. Pero las quejas de antes iban directamente seguidas de una intención de acción. Es decir, después de las palabras estaban los hechos. Las huelgas laborales, los paros industriales, las manifestaciones con intenciones definidas y la bendita abolición de la prohibición del alcohol son claros ejemplos de cómo la gente estaba determinada a cambiar una situación intolerable. Hoy en día nuestra queja se queda como un comentario negativo en un post de Facebook y la vida sigue adelante. Todo por esta programación de que la malvada madrastra seguirá impidiéndonos ser felices hasta que un príncipe nos ande buscando por qué dejamos una zapatilla en la peda del fin de semana.

Pero esto es una vil mentira. Todos y todas tenemos en nuestras manos el rumbo de nuestras vidas. No por haber nacido hijo, nieto y bisnieto de Godínez estamos condenados a trabajar en un cubículo de 9 a 5 toda nuestra vida, no porque nuestro vecino se compró una tele de 50” nueva quiere decir que su vida es más feliz que la tuya y ciertamente no quiere decir que por que tu madrastra te obliga a lavar pisos quiere decir que esa será tu situación eternamente.

Hace unos 10 años estaba platicando con mi maestro y mentor, el poeta José María Zonta acerca de minar tu casa. Minar tu casa es imaginarte que tu vida es una casa. La casa tiene 4 paredes, una cocina, un comedor, una sala y un cuarto. Llega cierto momento en la vida es que te das cuenta que tu casa no quedó exactamente como tú querías; la pintura no es del color que quieras, las puertas están un poco oxidadas ya, los cimientos están hundidos y la fachada se despedaza poco a poco. Entonces te das cuenta de que quieres volver a construir esa casa y le metes entonces unos cartuchos de dinamita y ¡BOOM! Tienes que construir una casa nueva.

 De igual forma pasa con tu vida. En esta metáfora las paredes y la distribución de la cocina son las cosas que por default ya eres. Tan solo por nacer en México, en el estado que naciste, en la ciudad que naciste y hasta la colonia que naciste tienes atributos que no controlas tu. Pero si en verdad quieres que cambie tu situación, el único impedimento real y posible que encontrarás en el mundo serás tú. Solo tú tienes la decisión de cómo quieres llevar tu vida, ni tu familia, ni tus amigos, ni tu trabajo, vaya! ni siquiera tu Madrastra malvada tiene ninguna cabida en como llevas tus decisiones de vida.


Debemos madurar el complejo de la madrastra para entender realmente el poder que tenemos para cambiar nuestra situación. Pero para llegar a eso tenemos que trabajar en nuestra adicción al drama, que es una de las cuestiones que no solo han sido Walt Disney y sus dibujos que han permeado en nuestra cabeza, sino toda una industria que vive de nuestra adicción. En mi familia le llamamos a esta adicción “El complejo de Marga López”. Pero lo explicaremos en otra ocasión, por hoy trata de olvidarte de tu madrastra malvada y ¿Quién sabe? Podrías convertirte en tu hada madrina, ¿No lo crees?